"Hace cien años -escribe Ernst Jünger en 1934- era un incidente habitual que un joven muriera en duelo; hoy esa muerte sería una cosa extravagante. Por aquel mismo tiempo la gente tuvo por loco a un sastre de Ulm, llamado Berblinger, que se precipitó al Danubio con su aeroplano, y alguien que se rompía el cuello al escalar la cima de una montaña en la que nada se le había perdido era necesariamente una persona obsesa de spleen. Hoy la muerte en el vuelo a vela o en los deportes de invierno forma parte, a su vez, de las cosas obvias". Jünger hace referencia al hecho de que "las víctimas reclamadas por el proceso técnico" que permea nuestros días ha dejado de alarmarnos hace mucho, aún cuando las víctimas del tráfico, por ejemplo, "han alcanzado unas cifras que superan las bajas de una guerra sangrienta". Eso, insisto, en 1934. Nuestra relación con el dolor -con el mal, podría decirse-, está ahora mediada por la técnica. Es ilusorio pensar que nos encontramos en un mundo más seguro, los peligros que nos acechan son otros y el aumento desproporcionado de la población mundial, así como el aumento del promedio de vida, no implican que el dolor -el mal si se quiere-, esté más alejado de cada uno. Simplemente ha tomado otras formas -acaso metálicas. La impresión contraria la explica Jünger precisamente mediante la técnica: si en el pasado los hombres distanciaban en apariencia al dolor mediante rituales, en la actualidad es "el decurso técnico exacto [lo que] reemplaza al rito"*. La organización técnica, minuciosa del mundo y del hombre, es hoy el conjuro con que se pretende desterrar al mal. Habría que agregar que tras esa actitud sigue en pie el ingenuo prejuicio moral que entiende que el mal -el dolor- es, por un lado, condenable en todo caso y, por otro lado, efectivamente erradicable.
* Jünger, Ernst, Sobre el dolor seguido de La movilización total y Fuego y movimiento, Andrés Sánchez Pascual (traductor), Tusquets 2008.