No es que la vida se vuelva insípida, sino que se le pierde el gusto. En esos casos la reacción natural parece ser echarle más sal y más condimento al plato. El hombre moderno es especialista en inventar sabores artificiales, pero esto sólo en la medida en que ha perdido la capacidad para encontrarle sabor a la vida, y en que ha perdido la fe que dio lugar a tal atrofia. "¿No es la vida cien veces demasiado corta -para aburrirse en ella? En la vida eterna tendríamos que creer para..." *.
*Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal, 227.